La magia de la navidad. Moisés Martín.

los-desesperados

El “clásico” navideño  “La magia de la navidad”. 

PREMISA.

Conocí a Regina Da Seijas,   en el verano de 2002, en Marbella. Por aquel entonces yo trabajaba como peluquero en un conocido salón de  belleza de puerto Banús. Regina se  dedicaba a hacer feliz a uno de los hombres más ricos e influyentes del mundo, cuyo nombre no estoy autorizado a desvelar, así que me lo inventaré, lo llamaré, Mr.Chips. Regina había conseguido, gracias a su cuerpo, anclado permanentemente en la adolescencia, su piel de chocolate caliente y su energía vibrante, embaucadora y adictiva, convertirse en la primera amante de Mr. Chips. Nos conocimos en un famoso café, cuyo nombre no mencionaré por aquello de no dar publicidad; yo estaba tomando unas copas con unos amigos,  cuando de repente  una barbie brasileña, cruzo la pista de baile envuelta en un minúsculo Versace  y sujetándose una larga melena castaña. Me recordó a  la Audrey Hepburn de “Desayuno con diamantes” (huyendo de su apartamento al ver a la policía).  La secuencia se me antojaba absolutamente cinematográfica,  y le seguí. Se encerró en el aseo de chicos, esperé el tiempo prudencial y golpeé la puerta fingiendo necesitar el baño; se abrió y la descubrí sentada en el retrete, llorando y sujetándose la cabeza. Le pregunté qué le ocurría,  y ella,  se arrancó la melena, literalmente, y me la dio.   Con una voz temblorosa como la de una niña asustada confesó: “Se me han descosido las extensiones”. Una trenza, que recorría su cráneo como una serpiente, se deshacía en su pequeña cabecita,  de muñeca pelona. La imagen me conmovió,  e inmediatamente, sin ni siquiera pensarlo,  dije: “Yo soy peluquero”.  La  relaciones públicas del bar, que era clienta del salón,  me facilitó  aguja e hilo y pude coserle  las extensiones a Regina. Volví a mí mesa y a los cinco minutos llegó, de parte de la Srta. Da Seijas, una botella de champán francés;  mi recuerdo con las burbujas, hasta entonces, se limitaba a la noche de navidad, cuando mi padre,  descorchaba la botella de Freixenet y me daba a probar un sorbito de aquel licor dorado.

 Al día siguiente Regina fue al salón de belleza, donde le arreglé el pelo debidamente. Desde ese momento se convirtió en clienta fija y con el tiempo en una amiga, cada día más intima, tanto,  que cuando Mr. Chips,  tenía que salir de la ciudad por negocios, a pesar de que Regina vivía en una las mansiones mas  lujosas y  deseadas de la Costa del Sol,  prefería dormir conmigo, en mi minúsculo apartamento, alquilado,  del centro de la ciudad.  Una noche, Regina, llegó a mí casa,  necesitaba que le hiciera un favor, sacó del bolso un estuche de Cartier,  envuelto en una pashmina y lo abrió;  dentro había un collar (tres orquídeas de oro  blanco, con  zafiros, amatistas y diamantes).

-Necesito que escondas este collar- dijo mientras lo acariciaba.

-¿Por qué… no lo habrás robado? Pregunté  asustado.

Ella cerró el estuche, lo envolvió en la pashmina, me miró  a los ojos y dijo: “Soy muchas cosas, pero no soy una ladrona, al menos de momento. Es mejor que no sepas nada más, te prometo que no te causará ningún problema, confía en mí”. Me sentí el personaje secundario de una película de ladrones,  y quise creerla, así que cogí el estuche y lo escondí en el fondo del armario, junto a las toallas.   Días más tarde, observé, a través del escaparte del salón, un coche negro  aparcado justo enfrente. A la hora de la salida, de camino a casa, descubrí el mismo coche siguiéndome. Corrí hasta mi apartamento y llamé a Regina.

-¡Me están siguiendo! –Grité nervioso-  ¿Alguien sabe que el collar está en mí casa?

-Nadie- afirmó Regina.

-¿Estás segura?

-Completamente-  y siguió: “Ñao seja paranoico”. A pesar de que yo estaba casi seguro de que me habían seguido, Regina consiguió  tranquilizarme  y acabó invitándome a su fiesta de cumpleaños que se celebraría en la mansión de Mr. Chips. Muy poca gente podía entrar en el reinado del empresario.  Imagino que el hecho de no haberme fugado con una joya que valía  más que mi piso había hecho que  Regina pudiera confiar en mí.

Llegó el día de la fiesta, Regina me llamó y me dijo que necesitaría el collar, y que por seguridad me recogería  un coche que me llevaría hasta la casa. Llegué  a la mansión y una señora muy amable me acompañó  a la habitación de Regina, donde me esperaba sentada en un enorme y barroco tocador junto a una piscina. Le entregué el collar, la curiosidad me estaba matando y tuve que preguntárselo: “¿me contarás ahora por qué he tenido que esconderlo?”

-Todo ha sido una pantomima, muy poca gente puede entrar en esta casa, o en el entorno de Mr. Chips, así que cuando le dije que quería invitarte a mí fiesta de cumpleaños,  preparamos lo del  collar, para saber si podíamos confiar en  ti o no- Contestó con una naturalidad inquietante mientras se retocaba el maquillaje.

Me quedé atónito, entonces recordé el coche negro y  le pregunté : “¿me estaban siguiendo, verdad?”.

-Sí, Paco, el chofer, el mismo que te ha traído, te ha estado siguiendo durante las dos últimas semanas.

-¿Tú tampoco confiabas en mi? Pregunté enfadado.

-“Meu amor”, yo confió en  ti desde la noche en que te conocí- contestó Regina.

-¿Y por qué no me lo contaste?

´-Pensé que te encantaría vivir una historia de espionaje… Anda, olvídalo y abróchame el collar-.

Se recogió el cabello dejando al descubierto su frágil  y esbelto cuello de juguete,  le puse la joya y  nos reunimos con los invitados en uno de los ocho salones que tenía  la casa. Según Regina,  había un poco de todo lo mejor, actores de cine, deportistas de elite,  artistas, allí fue donde conocí al pintor malagueño, Pachi Gallardo,  al que admiraba desde que descubrí que era original de Tolox, el pueblo donde pasé la mayor parte de mí infancia y adolescencia (años más tarde tendré el honor de trabajar con  Pachi en varios proyectos).  Algún que otro político, que aprovechando la privacidad de la fiesta se paseaban con sus jóvenes amantes sedientas de lujo. El champán francés corría sin parar, copas yendo y viniendo de las manos de los selectos invitados,  camareros perfectamente uniformados, descorchando  botella tras botella, otras vacías encima de la mesa o bocabajo en la cubiteras, en las bandejas, junto al piano, botellas por todas partes,  champán y más champán;  he de confesar que aquel elixir dorado, suave y chispeante empezaba a cautivar,  mi basto y bien acostumbrado paladar.  La fiesta se acabó y semanas más tarde también lo hizo el verano, Regina se fue a París y yo volví a mi vida sin joyas carísimas, sin espías y sin champán francés.

Diez años después,  Madrid. Rosa González, mi colega,  me llamó para decirme que Freixenet, había convocado un concurso, donde jóvenes creadores presentarían un spot de tres minutos;  el proyecto ganador sería el anuncio de esas  navidades, las del  2012. Solo faltaban  trece días para que terminara el plazo de entrega, así que me lance de lleno al guion. Los anuncios de Freixenet que recordaba intentaban reflejar al glamour de Hollywood (estrellas de cine,  vestidas de alta costura y  bebiendo champan en suntuosos palacios). Yo había estado allí, en esas fiestas celebradas en aquellas mansiones ostentosas, junto a  personajes ricos y famosos.  Y estando allí no vi ni una sola botella de Freixenet, pensé en la marca,  e inevitablemente me transportó  a mi infancia. Para mi aquella bebida no significaba  el glamour, ni el lujo, era otra cosa, era toda la  familia unida  alrededor de un árbol abarrotado de adornos y espumillón, celebrando la navidad cantando villancicos, aporreando una pandereta comprada  esa misma tarde en un todo a cien y haciendo ruido con un tenedor y una botella vacía de anís.  Y tuve muy claro que mi anuncio contaría el día de navidad de una familia española normal, una familia como la mía, que celebraba la noche buena brindando con  una copa de Freixenet.

Escribí el guion en el trabajo, en diferentes cafeterías de mi barrio, en el metro… escribía cuando podía y en lo que tenía a mano, en mi agenda, mi blog de notas o en una factura. Cuando  pasé el texto a   formato guion, duraba más  de cinco minutos. En el guion original había un personaje que me fascinada, poco navideño, pero muy atractivo para mí, la nieta (una niña de seis años disfrazada de  Sylvester Stallone en “Rambo” que, metralleta en mano, ayudaba a su abuela a encontrar la botella de Freixenet que su madre había escondido). Finalmente el personaje de la nieta, muy a mí pesar, tuve que eliminarlo, pero en su honor, y porque no me quedó mas remedio,  me propuse que de alguno forma aparcería la imagen de Rambo en el anuncio.

Tengo que confesar que me presenté al concurso, solo, por el premio económico, quién me iba a decir  a mí, que esta pequeñita pieza de tres minutos acabaría convirtiéndose en una de mis criaturas favoritas.

sin negrita (1)

Serie M, os desea una semana de cine y una feliz navidad.

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de moisesmartin