“SERIE M” PRESENTA SU NUEVO PROYECTO “MALLAS MALLAS”.

Los Desesperados

 

MALLAS MALLAS.

 

Los desesperados vuelven a la carga, con un nuevo proyecto, un cortometraje titulado: “Mallas Mallas”. Un homenaje a las puertas abiertas de todos los armarios llenos de licra.

El idea surgió hace unos meses, cuando una amiga, cuyo nombre, por ahora, no desvelaré, me presentó su último proyecto, un tema musical, el cual, también, tengo que mantener en secreto, pero solo por el momento.

El tema se me antojaba absolutamente cinematográfico, sonada, una y otra vez en mi cabeza e inevitablemente las imágenes se agolpaban y se estructuraban en mi mente como un puzle. La verdad es que la historia estuvo bastante clara desde el principio. La música siempre me ha ayudado bastante, e incluso, a veces ha sido la propulsora de muchas de mis ideas, pero era la primea vez que toda la historia giraba alrededor de la música. Era lo más importante y tenía que ser presentada en la película de forma especial, para ello rescate a uno de mis personajes favoritos, Hipócrita Súper Falsa, una presentadora de televisión, que en una de sus primeras intervenciones televisivas, un foco se desprendió del techo, le cayó encima y le desfiguro, completamente, el lado izquierdo de su rostro. Asumió, más tarde, dos personalidades muy diferentes: el lado desfigurado, el izquierdo, era Súper, y era exagerada, escandalosa y provocadora; el lado derecho era Falsa, y era elegante, seria y sensual. Hipócrita Súper Falsa, apareció por primera vez hace años, cuando escribí: “La Cleopatra Doblemente  Perturbada”. Guion que nunca llegue a producir. Reapareció el año pasado en un proyecto que no llegue ni a desarrollar y finalmente ha vuelto, en esta ocasión, para quedarse. Será, en la película, la encargada de presentar, desde su asqueroso, pero autentico programa: “Más allá de la cloaca” el tema musical que desatará, todos los conflictos de  la historia, encerrados, hasta ahora, dentro de un armario.

El rodaje empezará el diecinueve de mayo, serán cinco días de rodaje espaciados en el tiempo por dos semanas de preproducción, con lo cual pronostico un rodaje tranquilo, divertido y lleno de anécdotas que prometo publicar semana tras semana en “Serie M”.

Pero antes, en primicia, solo para los lectores de “Serie M” un adelanto, la sinopsis del cortometraje “Mallas Mallas”.

 SINOPSIS.

1986, MADRID.

Adán tiene trece años, es huérfano y vive en un colegio religioso regentado por Somala, una monja homófoba, que habla un idioma desconocido que Adán, no puede entender. El niño está enamorado de David Hasselhoff, pero tiene que ocultar sus sentimientos y consigue  evadirse y soñar gracias algunos objetos que esconde dentro de su armario y a través de un programa cultural de televisión llamado: “Más allá de la cloaca” presentado por Hipócrita  Sùper Falsa. Una noche, Somala, descubrirá los secretos que Adán esconde en su armario.  Eso desatará la ira de Adán,  que preparará su venganza, al mismo tiempo que Hipócrita presenta a Conflictivas sin remedio, un nuevo grupo de rock que triunfan en Madrid, y que acaban de sacar su ultimo single titulado: “Mallas mallas”. El sonido conquistará todas las estancias del colegio y poseerá  a sus habitantes a través del gas rosa de la libertad.

 

“Serie M” os desea una semana de cine.

 

 

sin negrita (1)

 

 

 

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Los Desesperados

 

Hoy publico uno de los primeros relatos que escribí, y aunque  tengo un profundo respeto a escribir literatura, mi naturaleza osada me llevó, hace años, a escribir este relato titulado:

Un violín sin cuerdas.

Se llamaba francisco,  pero siempre lo habían llamado Paco;  tenía 48 años, aunque había envejecido de golpe hacía tiempo y parecía mucho más viejo. Nunca fue muy alto y a medida que pasaban los años había ido encogiendo hasta el punto de convertirse en un pequeño hombrecillo. Tenía barriga que según el día se hacía más grande o más pequeña; había días que se le hinchaba tanto que incluso parecía estar embarazado. Verle resultaba gracioso, sólo por lo de la tripa. Tenía una espesa cabellera rizada poblada en su mayoría por canas amarillentas. Llevaba barba y usaba gafas, unas viejas gafas cuyos cristales empañados ocultaban unos pequeños y arrugados ojos marrones.

Paco, vivía solo en una enorme casa cuyo mobiliario había ido desapareciendo poco a poco hacía ya algún tiempo. Aún se apreciaba las cosas qué hubo en el pasado y que ahora faltaban: la televisión, que había dejado una marca casi perfecta en la madera picada del mueble bar, o el microondas, que había quemado la encimera de la cocina, la ausencia de colchones encima de los somieres, las bombillas desnudas, algunas incluso fundidas desde hacía meses, las marcas amarillas en las paredes, creadas por cuadros colgados durante años. Una grieta que se dibujaba por todos los muros de la casa, provocada, mucho tiempo atrás, por un terremoto. Por aquel entonces, Paco,  intentó taparla; probó con yeso, con cemento cola e incluso con cemento del duro; pero la grieta reaparecía una y otra vez, con los años se hizo más grande. A veces, Paco, seguía la grieta con el dedo sobre ella y tenía la sensación de que la casa estaba a punto de partirse en dos, pero eso ya no le importaba.

Los últimos quince  años había trabajado como vigilante nocturno de una empresa tabacalera, después de que la orquesta a la que perteneciera  se rompiera por falta de trabajo. Paco, tocaba el violín, de joven soñaba con ser un gran violinista y tocar en los mejores teatros. Pero tras la disolución de la banda musical sólo tocaba en los eventos culturales  que se celebraban en su barrio,  pero eso duro poco tiempo; después guardo el violín en un viejo baúl y no volvió a cogerlo, exceptuando algunas ocasiones cuando llegada del trabajo y se quedaba solo, entonces cogía el violín, cuidadosamente lo sacaba de su funda, acariciaba la brillante madera con extrema delicadeza, lo limpiaba, suavemente, durante un largo rato. Se sentaba en la cama y erguido tensaba las cuerdas. Afinaba el instrumento. Lo colocaba en su cuello encima del hombro derecho, apoyaba lentamente la cabeza en él, cerraba los ojos y comenzaba a tocar.

Un día, como siempre a las siete  de la tarde,  Paco,  estaba acostado, inmóvil, panza-arriba y con los ojos abiertos de par en par. El despertador comenzó a sonar, hacía un ruido espantoso, parecía el silbido de una vieja locomotora de vapor pero más agudo e intermitente;  a Paco parecía no molestarle, incluso parecía no oírlo. Sonó varias veces. Se levantó, y tranquilamente lo apagó. Abrió el armario, había dos perchas: una vacía, de la otra colgaba un par de prendas envueltas en una bolsa de la tintorería del barrio, quitó la bolsa, cogió el pantalón, era gris, se los puso. Después siguió con la camisa, también era gris.

Cuando llegó al trabajo fue informado, inmediatamente, del despido de Juan, su compañero durante 8 años del turno día y le presentaron a Esther, la nueva empleada. Paco,  miraba de forma rara los cabellos rizados como muelles que colgaban de la cola de la chica. Ella se acercó a él y le planto de simpáticos besos, uno  por cada mejilla, justo en ese momento un caprichoso mechón de pelo se escapó del moño y rozó, levemente, el rostro de Paco. Él, irremediablemente, olio los cabellos. Se acordó de Isabel, su esposa, de lo que le gustaba su olor. De cuando iban a veranear al pueblo y al anochecer daban largos paseos por el camino del Balneario. El olor a eucalipto, el sonido de sus hojas meciéndose al antojo de una brisa acompasada…y el intenso olor a jazmín en la plaza del pueblo. Las mujeres mayores acostumbraban a ponerse un ramillete de flores en el pelo; ella también lo hacía. Se soltaba la melena y colocaba, con arte, la biznaga encima de la oreja. Él la miraba embobado y pensaba que estaba preciosa, pero nunca se lo dijo, a pesar de que  adoraba los cabellos ondulados de su mujer.  Recordó cuando se sentaba en una de las sillas de nea que había en el patio, ella entraba por la puerta de la cocina  con una toallas envuelta en la cabeza, se sentaba junto a él, se quitaba la toalla y dejaba caer los cabellos, húmedos, sobre la espalda semi-desnuda. Se cepillaba el pelo, se desenredaba suavemente desde las puntas hacia arriba; a veces aparecía algún enredo complicado, pero ella, lentamente,  y con mucha paciencia lo deshacía. Él la miraba en silencio y pensaba que tenía mucha suerte.  Aquel día cuando su mujer se retrasó, él supo que pasaba algo y, cuando sonó el teléfono tuvo miedo a contestar. Un conductor borracho había atropellado a Isabel y había muerto en el acto.

Esther, la nueva empleada, se marchó agitando la cola.  Paco bajo al sótano y camino  hacía la cabina de seguridad. Sus pasos hacían eco en el largo y oscuro  pasillo donde desembocaban las salidas de ventilación y por donde se colaban extraños ruidos y sombras. Al final del túnel una escuálida puerta dejaba pasar un estrecho y apagado rayo de luz. A medida que se acercaba comenzaba a oírse una música, que se hacía más  clara según iba avanzando. Eran “Los 24 caprichos”  de Paganini,  entró en la cabina y durante unos segundos el pasillo de inundo de luz, luego volvió la oscuridad. Una pequeña radio estaba encima de la mesa. Paco se sentó mirando el aparato y oyendo la música. Hacía años que no oía esa pieza. Fue la primera que tocó ante un público, todavía podía sentir el sudor en sus manos mientras tocando aquel viejo violín,  que le había regalado su profesor. Se acordó del suyo y de su hijo –“¿Qué habrá sido de él?”-pensó. La emisora empezó a tener interferencias con un canal de Rock, ambas se perdieron en un incesante ruido hasta que finalmente todo quedó en silencio.

 

De vuelta a casa tuvo una sensación muy extraña, luego todo volvió a la normalidad. Como era habitual,  Paco,  caminó las veinte manzanas que había hasta llegar a su barrio. Una vez allí volvió a sentir algo extraño. Los vecinos lo miraban  y el panadero incluso le dio los buenos días; Paco, asombrado, asintió con la cabeza. Luego entró en su portal y subió las escaleras. Cuando llegó al sexto piso descubrió que la puerta de su casa estaba abierta, pero la cerradura no había sido forzada. Un escalofrío recorrió su cuerpo, después de unos segundos observando la puerta entre-abierta, entró en silencio, cerró  e hizo un recorrido visual hasta donde su vista alcanzaba. Siguió por el pasillo con el dedo encima de la grieta, cuando de repente oyó una voz que dijo: “Papa”. Se apoyó en la pared y giro lentamente la cabeza en la dirección a la proveniencia de  la voz. Parecía su hijo, al menos llevaba la misma ropa con la que se marchó dos años atrás, le quedaba grande, había adelgazado muchísimo. Su piel era casi transparente y verdosa a la vez; tras ella se podía contar cada vena, cada tendón, cada hueso. Unas interminables ojeras enmascaraban su rostro; bajo ellas,  Paco,  descubrió al niño que fue su hijo, se acercó a él lentamente y el joven bajo un incesante tembleque volvió a repetir: “papa”.  él cayó sobre Paco y éste abrazo a su hijo dentro de aquel extraño. Recordó  el día en que nació, lo recordó  como el día más importante de su vida. Les cogió por sorpresa, todos esperaban la llegada del pequeño Raulito a partir del día diecinueve, pero el niño se adelantó y  vino al mundo catorce días antes. A pesar del nacimiento prematuro, el matrimonio estaba preparado a conciencia para la llegada de su primer hijo: un moisés, el cochecito, un móvil con violines de colores…todo lo necesario. Después de cinco horas de parto  nació el pequeño Raúl, abrió los ojos nada más nacer,  eran grandes como platos, de un color indefinido y llenos de vida. El bebe miró fijamente a Paco, éste parecía a punto de echarse a llorar;  pensó que era el niño con la cara más bonita que había visto nunca. Cuando tuvo a su hijo en los brazos le invadió una sensación que nunca antes había tenido, no supo cómo explicarlo,  pero en ese momento,  Paco,  sintió  que había descubierto algo muy importante.

Dijo su primera palabra cuando tenía once meses; miro a su padre, abrió su redonda y pequeñita boca entre dos infladas y sonrojadas mejillas, y dijo, dejando ver los dos únicos  dientes que tenía: “voli”. Paco, estaba seguro de que había querido decir violín y desde ese día tocó todas las tardes para Raulito. El niño lo miraba embobado mientras él acariciaba el instrumento, Le gustaba la música, le relajaba, porque después de un rato escuchándola se quedaba dormido profundamente. Entonces, Paco,  dejaba de tocar, se sentaba junto al moisés y se quedaba observándolo durante horas; a veces, Raulito,  sonreía mientras dormía ¿Qué pasará por la cabecita de un bebe para que le haga reír en sueños? –pensaba Paco.

Quiso que su hijo siguiera sus pasos, pero cuando el niño creció descubrieron que no tenía talento para la música. En cambio había algo en lo que sí era bueno; el niño corría como el viento y se pasaba el día de aquí para allá a toda velocidad; a Paco,  le divertía la afición del niño por desaparecer en segundos, en cambio Isabel,  no ganaba para disgustos ni riñas.

–“Déjalo mujer, déjalo correr”- decía Paco. Pensaba que si al niño le gustaba tanto eso del deporte, podría convertirse en un gran atleta y lo inscribió en el campeonato de atletismo de la ciudad. Los meses siguientes los dedico a ayudar a su hijo con el entrenamiento, todas las tardes iban al descampado que había detrás de casa; Paco lo miraba mientras el niño corría desafiando al viento que golpeaba su cara y agitaba, con rebeldía, sus cabellos dorados.

–“Corre hijo, corre”- gritaba Paco. Y el niño más corría, tanto que parecía a punto de echar a volar. Gano el campeonato, quedó el primero y con diferencia. Semanas depuse fue seleccionado para representar a su ciudad en el campeonato nacional. Isabel y Paco estaban orgullosos y cuando llegó el gran día estaban más nerviosos que el propio Raulito. Faltaban unos segundos para que comenzara la carrera. Ella se santiguo, Paco la miro incrédulo, luego hizo lo mismo. Los participantes estaban preparados,  Raulito era el número siete. Dieron el pistoletazo de salida;  Raulito iba el quinto, corrió y corrió, en pocos segundos adelantó hasta el tercer puesto. Paco lo miraba con los ojos fuera de las orbitas. El niño corrió hasta colocarse el primero; sus pies se movían a una velocidad sobre-humana, parecía no pisar el suelo, cuando de repente se elevó y quedó suspendido en el aire. El pie izquierdo tropezó con el derecho y se estrelló contra la pista. Perdió la carrera. Raulito, avergonzado, se levantó y en un ataque de rabia contenida cerro las manos con fuerza, Paco vio como se habían transformado en  puños y le dolió que las manos de su hijo ya anticipara la dureza de la vida.

Semanas después cuando Paco llegó a casa, se encontró con Raúl sentado en el sofá mirando la tele. Se sentó junto a él y le preguntó: “¿Qué te pasa, Raulito?”. El niño con la voz entrecortada  dijo: –“nada, papa.”

–“No has vuelto a correr desde la carrera”. Exclamó  Paco.

–“Es que…ya no me gusta correr”. Contesto Raulito mirando hacía el suelo.

–“¿Ah no, y eso…por qué?” Le preguntó Paco.

–“Ahora prefiero estarme quieto”. Respondió sin levantar la mirada.

–“¿Quieto? ¡Pero si de pequeño teníamos que atarte a la silla para darte de comer!” Contestó Paco sorprendido. El niño, en silencio, se encogió de hombros. Paco, cerró los ojos un instante, después los abrió de golpe y dijo: “vaya, justo ahora que necesitaba tu ayuda”.

–“¿Mi ayuda?” Pregunto Raulito. Paco lo miro a los ojos y dijo: “si, tu ayuda, veras hijo, es que…tu madre…me mandó a comprar el pan…pero  se me olvidado, la tienda está a punto de cerrar y el único que puede llegar a tiempo eres tú, porque tú eres el más rápido de los tres; el niño miró a su padre.

–“¿Vas a ayudarme?” Volvió a preguntar Paco.

–“Si papa, voy ayudarte”. Respondió el niño; luego se puso las zapatillas y salió corriendo.

Una tarde, años después, Paco fue al centro comercial, subió hasta la planta de deportes y compró las mejores deportivas, para carreras, que el dependiente la había aconsejado. Luego fue al centro deportivo, quería dárselas a su hijo delante de todos sus compañeros. Cuando llegó echo un vistazo por todo el campo pero no vio a Raúl. Pensó que quizá estaría en los vestuarios. Vio a un chico que corría, solo,  por los laterales del campo y le pregunto por Raúl; pero el chico no lo conocía; Paco,  pensó que el joven seguramente no sería un buen corredor o por lo menos no tan bueno como su hijo. Se acercó al entrenador y éste le dijo que Raúl hacía dos meses que no venía a correr. Se marchó a casa agitando las deportivas dentro de la bolsa de plástico. Le contó lo ocurrido a Isabel. Ella ya lo sabía y había ayudada al niño a guardar el secreto. Esa noche, Paco, se fue a la cama muy temprano, pero no podía dormir, cuando se mujer entro en la habitación,  él,  se hizo el dormido, ella,  sabía que fingía y se colocó delante de él, entre la cómoda y el butacón. Sacó la pierna desnuda entre la abertura de la bata y la posó en el asiento. Esparcía con delicadeza la crema hidratante por los muslos mientras tarareaba una vieja canción de amor, Paco la miraba de reojo simulando que estaba dormido. Ella comenzó a untar la loción por los glúteos. Paco abrió los ojos y dijo: “¿quieres que lo haga yo?”. Isabel lo miro, puso la pierna en la cama, junto a él, y le dio el bote de crema.

Era el 18 cumpleaños de Raúl e Isabel se había pasado toda la tarde en la cocina preparando una cena especial para los tres. Paco,  en cambio,  había estado toda la tarde intentando comprar el regalo para  el niño. Días atrás habían tenido una pequeña discusión sobre su futuro. Así que ahora quería sorprenderle con un regalo muy especial. Finalmente se decidió por un chándal oficial de la selección de baloncesto. Cuando llegó a casa le enseño el regalo a Isabel, ella lo miro con lastima y enseguida se le ocurrió una idea. Después de la cena, a continuación del pastel, le dieron los regalos al niño. Paco le regalo la colección completa de una serie de televisión sobre extraños misterios; le encanto, era lo que quería. Al regalo de Isabel, el chándal, no le presto mucha atención. Más tarde padre e hijo se pusieron a ver los primeros capítulos de la serie. Raúl la explicaba,  a Paco,  algunas cosas sobre los misterios que a él se le escapaban. Mientras,  Isabel,  recogía la mesa y escuchaba de pasada las conversaciones que mantenían. De vez en cuando los miraba y le hacía gracia.

El día que regreso su hijo todo cambio; a la mañana siguiente,  Paco,  se levantó temprano para hacer la compra; no solo comida, también compró ropa nueva para el niño y un colchón, que lo traerían en unos diás, mientras tanto tendrían que seguir durmiendo juntos en la única cama de la casa, una individual. Llegó a casa y empezó a cocinar, había comprado todos los preparativos para hacer unas lentejas, que era el plato favorito de Raúl, puso la mesa,  abrió las ventanas por donde se coló la luz del día la cual hacía años que no entraba. Raúl se levantó, se dio una ducha y se puso la ropa nueva que le había comprado su padre. Ahora tenía mejor aspecto. Paco sirvió las lentejas, se sentaron a la mesa y comenzaron a comer. Ninguno dijo nada,  pero los dos recordaron  las lentejas que preparaba Isabel. Después de la comida,  Paco, le pregunto a Raul: “¿Has vuelto a correr?”.

–“¿Y tú, has vuelto a tocar?”

Varios días después,  cuando Paco,  regresó a casa,  descubrió la puerta de la habitación cerrada. La abrió lentamente con mucho cuidado y miró, con sigilo, por la abertura. Raúl estaba tirado en la cama, una goma elástica le cortaba la circulación; la vena se dibujaba palpitante y azul por el antebrazo. Un pico de heroína brillaba en una cuchara. La potente llama de un encendedor transformó  la sustancia en líquido y una jeringuilla la transportó  desde la cuchara  hasta su brazo. La aguja, larga y fría, penetró en la vena, ansiosa, lentamente. Raúl hizo un extraño ruido y cayó, como muerto, en la cama. Cuando despertó fue al salón y se sentó junto a su padre; no se dijeron nada, ni una sola palabra hubo entre los dos aquella tarde. Pensó,  Paco,  que si hubiera estado Isabel, todo hubiera sido diferente. Días más tarde Raúl estaba muy nervioso. Le pidió dinero a Paco,  pero él le dijo que no tenía y después se fue a trabajar. Cuando  llegó a su casa descubrió que el baúl donde guardaba el violín había sido registrado y que el violín había desaparecido. Corrió a la habitación, abrió la puerta de golpe y hayó a su hijo tirado en la cama, con una jeringuilla que le colgaba de la vena y por donde se derramaba un hilo de sangre. Paco lo miró inmóvil, luego se acercó a la cama y se tumbó junto a su hijo.  A la siete de la tarde, como siempre,  sonó, el espantoso ruido del despertador. Paco y Raulito,  nunca más volvieron a levantarse.

 

sin negrita (1)

“Serie M” os desea una semana de cine.

 

Serie M. “Un violín sin cuerdas”. De Moisés Martín.